Han llegado las primeras familias de personas refugiadas a Madrid. Y con ellas las cientos de manos que se han ofrecido para ampararlas. Se trata de las y los ciudadanos madrileños que se han acercado a Cruz Roja, Cáritas, FEVOCAM o CEAR para colaborar como voluntarios en la acogida.

Las personas voluntarias van a dedicar parte de su tiempo, de manera libre y desinteresada y desde la convicción de que un mundo mejor es posible, a hacer que hombres y mujeres destierren la desesperanza que les ha desterrado de sus países, y encuentren aquí un nuevo hogar. Se encargarán de labores de traducción, de abastecimiento de ropa y alimentos, les ayudarán con los trámites administrativos, o simplemente, les darán el calor de su compañía para que se deshielen sus temores. Admirable entrega.

Pero esto no debe ser el espíritu navideño que desaparece con los primeros copos de nieve y las últimas uvas. El espíritu solidario del voluntariado es de continuidad. No olvidemos que ahora como antes, inmigrantes, personas refugiadas, con discapacidad, mayores, medio ambiente o menores precisan de manos que crean que la participación ciudadana puede dar un giro al mundo y colocarnos en el meridiano de la justicia social.

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